Rowny Pulgar Noboa comparte este espacio personal donde sus anhelos, percepciones e imágenes crecen entre la memoria y el tiempo. Es su cosmovisión como habitante de un Ecuador mágico integrado en un mundo que globaliza fronteras pero no individualidades.
jueves, 12 de abril de 2012
Maestro ecuatoriano
La grandeza del maestro radica en su vocación inquebrantable; ser maestro/a invita a vivir una misión redentora; mediante esta profesión se construyen mundos humanos, se eleva la espiritualidad de niños y jóvenes, se enciende la risa en cualquier faz angustiada y se labra una sociedad sin tiranía. En Ecuador, estas pintorescas frases, sin ser mentirosas, se tornan amargas cada 13 de Abril, donde aún se dedica tal fecha para mirar al menos de reojo a estos anónimos héroes, a quienes en el mundo cierto se paga con desdén y reproche.
La incertidumbre es el pan del educador ecuatoriano quien hoy, bajo una incauta revolución educativa, se hunde tras el manto burocrático que lo lleva a completar informes, rellenar formatos absurdos, cumplir una jornada laboral que no beneficia a nadie. Los intelectuales defensores de estos cambios, operados desde un escritorio y sin la mínima noción de lo que es hacer educación, argumentan logros preponderantes, mas olvidan que la educación no parte de una edificación, una pizarra virtual o un texto. De poco sirve el recurso material si no existe el elemento humano motivado para ejecutar el proyecto; ahora se mira un magisterio agobiado por el trabajo no remunerado, por un listado de sinsabores donde se respira inestabilidad laboral, maltrato sicológico y directas agresiones en contra de su labor.
A los maestros se nos califica ahora de servidores públicos. ¡Siempre lo hemos sido!, entendiendo que el servicio público es beneficio para el pueblo. Desde el humilde vendedor hasta el notable estadista recibieron algún día la voz y el acto de quien la sociedad conduce; todo hombre o mujer llegaron a una cima porque existió una guía docente que los orientó, de seguro con algún desacierto, pero sobretodo con un torrente de amor. Es fácil olvidar el pasado; condenar a quienes se extinguen en las aulas; aquellos que son padres y madres de hijos ajenos y que por ellos sacrifican el bienestar de sus propios vástagos para en pago recibir una jubilación miserable que no cubre ni su medicina, o ser objeto de la severa crítica de perjuras almas que solo contemplan el fango y no advierten el fulgor de quien supo educarlos. Así de triste sería la vida de un educador a no ser por selectos individuos, estudiantes que con lucidez de alma, en alguna calle o en inesperado lugar, con una sonrisa exclaman: ¡Usted fue mi maestro/a! Son estos seres nobles quienes motivan a confiar aún en esta proterva humanidad quien luego de beber la vida de sus educadores los arroja al brutal olvido.
Los docentes también adolecemos parvedades; aspiramos a un existir digno para nosotros y nuestras familias. Entre los grupos profesionales somos los más exigidos, los más censurados y los peor pagados, tanto en lo económico como en lo moral, porque una de la peores inmoralidades del ser humano es la ingratitud y quienes condenan a los maestros son verdaderos Judas que olvidan la mano de quienes les enseñaron las letras, de quienes toleraron travesuras y berrinches que ni los mismos padres pueden soportar.
Nuestra educación ha dado grandes pasos hacia atrás. Nada se puede lograr con un magisterio cansado biológica y emocionalmente. Poco se puede lograr con un cuerpo docente recontra explotado que sabe que su labor no es reconocida. Poco se puede alcanzar cuando sobre sus espaldas se hallan padres de familia pagados para mantener un sistema político o doblegados por hijos que los someten a sus devaneos. Nada se conquista en una sociedad desvalida donde impera la delincuencia, la pobreza y la falta de oportunidades porque no se generan fuentes de empleo, porque no se garantiza la libertad ni los elementales derechos de las personas. Quisiera observar a los planificadores de las actuales políticas educativas laborar al ritmo de los docentes ecuatorianos y recibir esa remuneración que les parece tan justa porque se ampara en un código laboral, como si la ley aprobada en un papel garantizara la decencia de los actos que certifica.
Queridos maestros: Aferrémonos a la esperanza de mejores días para nosotros y para la Patria; sigamos educando en valentía, verdad y justicia a las nuevas generaciones para que estas miren más allá de nuestras torpes cegueras.
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