Nací en la
tierra de milenarios montes
donde el eco
del cóndor liberado
vibra
vigoroso entre el glacial aliento.
Enrumbaron
mi garganta: el rondador, el pasacalle, el yaraví;
la estrecha
diez de agosto, la Merced, la Concepción.
En el iris
de este niño fragmentado
se alarga el
Neptuno de tridente roto
los ángeles
derrotados
las piedras
de calles taciturnas
el tren, la
bohemia y la Estación.
Crecí y amé
estos cielos de mirlo, tuna y colibrí;
cobijome el
abuelo blanco con su nieve triangular
con su agua
virginal, con su aroma de Delirio.
Capulíes
empedraron mi niñez
junto al eco
de la abuela mía
donde el
descabezado galopaba misterioso
y el
Luterano doblegaba su cerviz.
Entre
candiles, estrellas y palabras
recorrí la
villa de callejas divididas
el Cullca
amargo pregonero de la muerte
el febrero
de alaridos apagados.
Crecí con mi
hermana la lluvia
aprendí las
figuras del aire,
bebí
quebradas, piedras, chaquiñanes,
leyendas
puruhaes, rebeldía, desencanto.
Así brotaron
granadillas en mis ojos
así llegaron
raíces a mis venas
amor por tus
primicias
telar incalculable
de laureles eternos.
Riobamba:
la barca de
los Andes
la esposa de
los montes.
Tu nombre de
mujer me inunda de ternura
acongojado y
solo entre la modernidad absurda
entre
politiqueros brujos que deshojan tu memoria
sin progreso,
patrimonio, ni Custodia.
Riobamba:
no te quiero
sepulcral, sola, enmarañada…
te quiero
con sonido de campana
con frontera
de cielo.
Te quiero
con tu tránsito de agua
tu granero
de constelaciones,
tu arena
emplumada de jilgueros
y tu nupcial
vientre fecundado de esperanza.
Riobamba
mía:
eleva tus
alas de paloma.
Sé el
cóndor, la libertad,
hoguera
blanca para mi Ecuador rendido
luminosa
mano de Noviembre eterno,
abrileña
espada para el tirano infernal.
Sé la esposa
perdurable, la luz crepuscular,
el trigo
manso de mis hijos y del mundo.
