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miércoles, 9 de mayo de 2012

MAYO MISERABLE

No hay lugar más sombrío y triste que el hogar donde no pronunciamos madre. La casa deja de llamarse tal, vuélvese apagada, taciturna, perdida de sonidos frescos, arrugada como una vieja manzana a quien por descuido olvidaron al filo de una rama. Pensamos que la ternura no declina, que la fortaleza dura perennemente. Un errante ángel llega, derrumba del hogar la lámpara y sólo allí sentimos los garfios de un naufragio, la infranqueable ola de soledad bordeando el jardín, la cocina, el dormitorio, las mismas puertas vencidas para quienes los fantasmas del recuerdo toman formas de polvo y telaraña. Muchos, pocos o nadie llegarán a la mesa; el pan seguirá creciendo para los hijos y los ojos, pero no puede llamarse pan a la amargura de un sitial vacío. Si decimos agua, esta entraña de hielo, tierra, hilos de nube, crecerá en alguna garganta insípida, desplumada de la mano tenue que tarareaba una tonada alegre y silenciosa. No puede decirse agua si faltan los pómulos, los cabellos encanecidos, la sangre derrotada entre rocas, olvidos, despedidas. Mayo suena a pedrada. Mariachis usureros pervierten el corazón de la noche; consagran la muerte, el ranchito, el bulevar, los tugurios donde la madre huele a vértebras heridas, a explotación, a miseria, a país carcomido por politiqueros buitres: Bajo el brazo musical de la guitarra y la serenata, crece un insensato latigazo de ebriedad; maligna noche de piedra para quien el amor es sombra, pedernal; un extinto tizón que seguirá apagando su boca en el amanecer, en los meses, en el año henchido de violencia, ingratitud, desamor. Sin mayo miserable, nadie o casi nadie irán a visitarla. La plegaria, la voz quedita, los ojos encendidos con la llegada de los hijos, para quienes mayo huele a fundas de regalo, rosas perfumadas con antiecológicos ambientales, doblegados abrazos sin alma, sin paz. Miserable mes, siniestro remolino donde el dinero se disfraza de ternura. ¡Ha vencido el imperio del dinero y el poder! Nos venden el amor: rostros de cemento, corazones de metal Madre, juegas a que te amen, juegas a la simple comprensión de la ausencia de tu carne; te hablan del trabajo, el tiempo que no rinde, las tardes que resbalan como peces sobre la insensible cabeza del reloj. Disculpas el olvido, la llamada que no llega; tal vez un consuelo extraño entiende el inquebrantable día donde una fría loza se vestirá de rosas; te llamarán ángel, arrullo, pensamiento. Serás lágrima, estandarte, devoción de los descarnados para quienes el mundo seguirá siendo inmundicia. Y qué peor malicia que este embozado corazón donde no te guardo ni te espero. Madre: hay un sentimiento que se llama amor; lo conocí a través de ti y lo perdí bajo la publicidad leprosa la música barata, las hipotecas, los impuestos, la Internet. La Tierra sigue su cíclica embriaguez, caen los eneros, los diciembres, el mayo miserable que cada vez se vuelve más extraño.