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lunes, 27 de diciembre de 2010

¿Y después de la Navidad?

Luego del ajetreo propio de las actividades navideñas, luego de los desmesurados gastos, los largos endeudamientos, las compras muchas veces de tantas cosas inútiles y la infaltable tensión de los compradores que en ocasiones sienten la obligación de adquirir algo para regalar a quien no aprecian de verdad, llega la pasmosa quietud de una fecha que se ha convertido en un real culto al derroche.

Atrás quedó el tiempo de la pacífica reunión en familia, del abrazo fraterno, del compromiso para vivir una “feliz navidad”, al menos ese día. Hoy se nota más aún la frialdad de convivencia a la que hemos llegado; en un mundo cada vez más descarnado los sones de los villancicos han dado paso al ruido estrepitoso, no solo del ambiente sino del alma y como humanidad somos un poco más vacios, más incomunicados y más solos. Qué importa que las grandes publicidades pregonen lo contrario si a nuestro alrededor vemos una brecha mayor entre quienes poseen algo y quienes no poseen nada. Para qué engañar la conciencia con el trillado discurso de compartir en navidad, cuando el resto del año nuestros mendigos, nuestros niños y tantas familias apenas sobreviven en medio de nuestra indiferencia. ¿Acaso ellos solo se alimentan en navidad? ¿Acaso permanecen dormidos los otros meses y por acto de ilusionismo aparecen en esta fecha para ser objeto de nuestra soberana magnanimidad?

Y nos sentimos generosos por haber regalado la ropa que estorbaba en casa. Nos sentimos buenos por decir ¡Feliz Navidad! a tantas personas con las cuales luego ni siquiera saludamos, creímos redimirnos por haber asistido a una misa o a una novena donde estábamos más pendientes del cafecito o de mirar a la concurrencia, antes que de hallarnos a nosotros mismos. Y qué decir de la famosa cena donde tantas veces la comida va a parar a la basura y los asistentes terminan embrutecidos por el alcohol que desemboca en secuelas trágicas de discordia, accidentes o actos imperdonables.

Se ha ido otra Navidad. Bien por quienes con amor encendieron luces en su corazón. Bien por los niños y niñas que a pesar del olvido social siguen riendo con desbordante esperanza durante el resto del año. Bien por aquellos que como en cualquier día trabajaron con honradez para ganarse el sustento. Bien por todos los que no se dejaron arrastrar por la falsedad, la novelería, la moda del gasto, y obsequiaron un día de paz a los suyos aunque no hayan tenido pavo ni buñuelos. El mejor regalo que podemos brindar a quienes nos rodean es la armonía, la tranquilidad, la sana convivencia que no es principio navideño sino el reto de cada día.