Según el Diccionario de la RAE, la dignidad se define como: cualidad de digno; gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse, entre otras acepciones. Desde esta perspectiva, ser digno significa actuar con respeto para nosotros mismos y con los demás. No obrar con malevolencia, es decir no tramar el daño o desprestigio ajeno. Ser digno es ser benévolo cuando hemos sido ofendidos y no abofetear a quien nos lastima, peor aun cuando gozamos de poder y se nos es fácil escarnecer a quien nos ha injuriado.
Existen personas que cuando se sienten afectadas en su dignidad o su honra creen poder repararla con indemnizaciones económicas, con más agravios e incluso no temen pedir la cárcel para sus detractores. Le ponen precio a su dignidad como si se tratase de una mercancía con la que se puede comercializar olvidando que un individuo digno está por encima de cualquier valor monetario. Sin necesidad de revanchismos o altercados viles, la verdadera dignidad nos vuelve superiores a quien nos ofende cuando respondemos con una alzada de hombros, a sabiendas que la real grandeza está en aceptar nuestras debilidades y por tanto las críticas, que si bien pueden herirnos, pero también pueden construir nuestra personalidad. La dignidad nos eleva sobre los agresores porque tenemos claro que nadie puede quitársela a nadie. La perdemos nosotros mismos con procederes innobles, con sentimientos oscuros, con odio que corroe o con orgullo que enceguece la conciencia.
Se dice que cuando un hombre ha perdido la dignidad lo ha perdido todo, pero nadie es indigno cuando sabe para sus adentros que obra con justicia, con razón, con verdad. Son los actos individuales los que nos tornan dignos ante nuestra misma persona, ante nuestras familias, amigos, sociedad en general, quienes tarde o temprano aquilatan las acciones y confieren el respeto ganado, no por exigencia, mandato ni amenaza, sino como el legado que el propio proceder nos entrega.
No estamos para dar lecciones de dignidad a nadie, pero es necesario que miremos en la sociedad los ejemplos de personas que con su testimonio son baluarte de esta necesaria cualidad. Estos hombres y mujeres no vociferan en pos de su dignidad. Al contrario, muchas veces son víctimas de atropellos, de injusticias o de prepotencia. Seamos lógicos al juzgar. Respetemos al individuo digno, clamemos por él cuando se vea mancillado. Recordemos la premisa milenaria de tratar a los demás de la misma forma como quisiéramos que fuésemos tratados.