En estos días, con profunda consternación hemos sido partícipes de dos despreciables asesinatos en la ciudad de Riobamba. Una niña y una muchacha de cortos años fueron privadas de su vida de la manera más inicua. Los comentarios, los noticieros locales y nacionales, el vulgo y todas sus derivaciones malsanas hacen eco de estas fatalidades, como si se tratasen de un motivo para la morbosa crítica. Es todo lo que hemos hecho frente a lo acontecido. Es lo único a lo que nos hemos limitado: A ser espectadores de piedra frente a una sociedad que ante nuestras narices se desploma a pedazos.
Al parecer ya nada nos conmueve. Vivimos tan acostumbrados a la maldad o la violencia que solo por instantes reaccionamos, para luego volver al sopor de la indiferencia; y éste es el principal delito de toda sociedad que se niega a sí misma la oportunidad para vivir de mejor manera. Es que mientras no vivamos el dolor en carne propia, seguiremos creyendo que los males sociales son motivos de noticieros. Mientras nosotros o nuestras familias no sean afectadas, seguiremos siendo los mudos o recontramudos testigos de lo que pasa a nuestro alrededor.
Mientras tanto, el crimen, el secuestro, las violaciones, el narcotráfico y más tentáculos del mal siguen extendiéndose porque no tenemos la fortaleza para enfrentarlos. El mal prospera cuando no hay líderes comprometidos con la dignidad y la vida de los inocentes, pero también crece cuando las bocas que deben hablar para denunciarlo, se callan tras un bien justificado: “no es mi problema”.
En toda nación, son las autoridades, el gobierno, las leyes, quienes deben amparar y velar por la seguridad de la sociedad, pero cuando en su lugar actúa la inoperancia, la desidia y hasta cierta simpatía por la criminalidad, nos toca a nosotros, el pueblo común, despertar de la apatía y enfrentar con denuedo al hampa que puede arrastrarnos a la total anarquía.
No es que abogue por la toma de justicia por mano propia, ni que se pretenda retroceder a la Ley del Talión, pero debido a la delincuencia, nuestro pueblo está ingresando a un estado de violencia, que si no se la frena lo antes posible, esta desembocará en un deterioro moral y social del que difícilmente podremos salir. Todos los actores de la sociedad civil estamos llamados a unirnos como barrios, como grupos comerciales, como centros educativos y demás, para juntos ser una coraza que ahuyente y repela los ataques de la delincuencia en cualquiera de sus formas.
Rowny Pulgar Noboa comparte este espacio personal donde sus anhelos, percepciones e imágenes crecen entre la memoria y el tiempo. Es su cosmovisión como habitante de un Ecuador mágico integrado en un mundo que globaliza fronteras pero no individualidades.
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martes, 30 de noviembre de 2010
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