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jueves, 9 de marzo de 2017

El paternalismo estatal en la educación



En informal plática dentro de un contexto educativo y en referencia a la afición por la lectura, ciertos docentes, refiriéndose al cotidiano ejercicio lector literalmente aseveraban: “No leemos porque no nos regalan libros para leer”, tal pronunciamiento, espontáneo y trivial, lleva a creer que siendo este grupo parte de un conglomerado responsable de la dirección y encauzamiento intelectual y formativo de las generaciones en proceso de aprendizaje, es poco lo que pueden aportar frente a estudiantes que también se encuentran afianzados al criterio de lo gratuito y sin esfuerzo.


Este colectivo comportamiento pedigüeño, incitado por gobiernos que no forjan individuos emprendedores o críticos, a sabiendas que es mejor mandar en un pueblo donde la mendicidad hace que sus habitantes se conformen con cualquier migaja, es la causa para que en nuestro país se haya declinado el esfuerzo individual o la lucha franca hacia mejores estados de vida. El conformismo campea en tantos individuos que hoy se aferran a un bono de pobreza que no los etiqueta como pobres, sino como gente sin dignidad, porque un ser humano no requiere de limosna, un hombre o una mujer que de verdad pretende superarse demanda del empuje de un Estado que invierta en forjar en ellos un pensamiento de progreso, creatividad, crítica, trabajo decidido y justamente remunerado.

La ineludible supervivencia dentro de un sistema capitalista, que sin ser perfecto  ni del todo justo, nos permite de alguna manera tener el derecho a soñar con un distinto nivel de existencia, a diferencia de aquellos inauditos socialismos defendidos por adalides, dictadores o monarcas de sus pueblos cuya ideología genera una comunidad miope, una nación imposibilitada para ver más allá de la dádiva o la donación. Sin caer en el ámbito del lugar común, una sentencia declara: “Lo que no te cuesta no te duele”. Esto se palpa en las instituciones educativas donde se regalan, libros, uniformes y más insumos, que de alguna manera  da paso a que los estudiantes crean que se les debe regalar hasta el título. Esta idiosincrasia estatal paternalista deja una maldición de gente discapacitada moralmente, condenada a la miseria mental, a la pereza, al facilismo. Hago alusión al contexto educativo porque si ahí se enraíza este virus, incierto es lo que esperamos para el futuro. Anécdotas y referencias de varios educadores de establecimientos educativos, sobretodo  fiscales, describen como el comportamiento sablista de sus estudiantes llega a niveles altos de  degradación, en donde para cualquier actividad escolar se exige a los docentes el aporte  su limitado ingreso económico para aplacar una marejada pedigüeña que no siempre corresponde a personas de bajo recurso, sino a sectores destrozados por un Estado que los ha estigmatizado como pobres, miserables o incapaces de valerse por sus propios medios.  


El Estado debe apoyar a sectores vulnerables como el de personas discapacitadas, gente de tercera edad desprovista de patrimonio o niños en abandono. Pero la gran obligación de quienes están en la dirigencia nacional es generar una mentalidad de progreso en sus habitantes. No queremos un país de manos extendidas, buscamos una honrada gestión gubernamental que forje empleo, facilite la inversión extranjera, a la vez que apoye al pequeño y gran empresario local, entre otras opciones desarrollo económico. 


El origen de las fatalidades y vicios de un pueblo está en la falta de trabajo y oportunidades para crecer en su economía. Hay que fortalecer la autoestima de sus habitantes para que logren sentirse entes productivos y no parásitos de nadie.

martes, 4 de noviembre de 2014

Educación y sociedad

Vivimos en una sociedad globalizada, una sociedad del conocimiento, una búsqueda por escapar de la pobreza arraigada más en nuestra cotidianidad a donde la mejora de la calidad de vida se torna un mito. En un contexto como el ecuatoriano, donde se publicita un soberbio triunfo educativo, en contraposición a una realidad donde la educación se ha transformado en refugio para profesionales que optan por este camino como última opción de empleo, no podemos hablar de logros educativos trascendentales; estos no se buscan en función del bien social sino como mecanismo para favorecer a intereses de grupos nacionales e internacionales de poder a quienes se les debe abastecer de obreros, mano de obra barata,  seres estandarizados con ideología alineada a  un gobierno centralizado.

Un segundo punto se visualiza en la subsistencia diaria del simple ciudadano para quien cada día es un espacio de supervivencia frente a leyes represivas, mayores gravámenes, feroces amenazas tributarias y una pobreza evidenciada en: el desempleo, la delincuencia, el retroceso económico, que contrasta con elefantes blancos: “Obras trascendentales” de una revolución anclada en la publicidad (con serias deficiencias, inoperancias o sobreprecios). Entonces nos preguntamos: ¿Cuál es el tipo de sociedad que queremos tener? De acuerdo a las políticas actuales nos quedamos en una sociedad descontenta,  pobre, sin más expectativas que una equidad en la miseria y el desamparo a donde ni siquiera el derecho a la justicia o la libertad de pensar es posible. El fin de formar y mantener una masa ovejuna es quizá el gran Plan Nacional, que aletarga a las mayorías y da espacios de crecimiento a un minúsculo grupo de colaboradores gubernamentales bien alineados y obedientes al Ejecutivo quienes con su gestión favorecen la institucionalización de estas políticas.

El cambio en la educación es necesario. Su actualización, fortalecimiento, evaluación y más aspectos de crecimiento son ineludibles, pero estos deben ser coherentes con una sociedad que realmente brinde equidad sin injerencias políticas.  Una sociedad en donde la balanza de poderes se equilibre entre las políticas estatales y el real bien ciudadano. Esto se consigue con un currículo no manejado subliminalmente hacia la criticidad sin criterio, es decir a pensar que es correcto solo lo que el sistema, el texto o la autoridad educativa disponen.  Se logra con una verdadera inversión en el talento humano que dirige lo educativo, pero esto no tiene que ver con asesores, auditores o más rangos de mando acomodados a conveniencia política. Me refiero al docente común, a ese hombre o mujer angustiados por defender una plaza laboral sobre la base de una burocratización que los sumerge en vanos informes, papeleos inútiles; frente a, muchas veces, autoridades educativas más temerosas de defender su condición que el desarrollo educativo. Si no se parte de la base esencial de la educación que es el docente y se mejora su dignidad, su autoestima, su vida financiera que hoy lo arrincona mentalmente a engañarse que trabaja por vocación sublime, al estilo de los santos medievales, en desmedro de su salud, el cobijo de sus necesidades básicas o un futuro de digna ancianidad, no podremos contar con una consistente mejora educativa. Los cálculos, las estadísticas o spots publicitarios pueden destacar lo contrario y a fuerza de repetirse pueden trastocar la mentira en verdad, pero el progreso se mira en la calle, en el día a día, en la seguridad con que vemos progresar a nuestras juventudes para quienes se aspira una realidad distinta a la que ahora vivimos.