La masacre en Tamaulipas, la sola, pero aterradora idea de un joven ecuatoriano herido, que caminó varios kilómetros en busca de ayuda para salvar su vida, revive un problema que a nivel mundial es motivo para múltiples crueldades, así como inescrupulosos negocios donde se atropella toda dignidad humana. El tráfico de personas, el cruce ilegal de fronteras, son realidades ocultas y hasta cierto punto aceptadas como una necesidad a la que voluntariamente se recurre por distintas causas.
Son muchos los factores que desencadenan esta problemática y quizá contados los países que pudieran sentirse exentos de ella, pero son las naciones pobres las que más sufren sus embates. La baja calidad de vida que ofrecen los pueblos subdesarrollados motiva a que su gente abandone la tierra para de manera insegura ingresar a economías fuertes donde cierran un ciclo de discriminación y explotación.
Latinoamérica sufre este fenómeno desde diversas perspectivas: el desempleo, la pobreza, la violencia de las ciudades, la intolerancia hacia los derechos humanos, la falta de garantías para la libre expresión o la libertad, han empujado a los latinoamericanos hacia un imparable éxodo. Aquí no solo es la crisis económica la que induce a la migración: Cuba con su salvaje dictadura, con su teatral e impúdico socialismo, ha propiciado la muerte de incontables cubanos quienes prefieren un mar infestado de tiburones, antes que un aborrecible monarca que todavía se resiste a morir. Colombia se desangra por la violencia de grupos mafiosos, quienes ahora son vistos con benevolencia por ciertos mandatarios de la región que llegan a hablar de estos criminales como “héroes revolucionarios” e incluso los amparan con leyes u omisiones que permiten su cómoda estadía fuera de sus fronteras.
Ecuador va en buen camino para conjugar esos dos factores de Cuba y Colombia, sumamos a ello el alto índice de desempleo que a pesar de las cifras oficiales sigue en notable aumento. Consecuencia de esto coexistimos con un azote delincuencial nunca antes vivido en la historia patria. Por tanto, la incertidumbre en el trabajo, el miedo para salir a las calles, el estancamiento económico del país, incluso la represión en contra de la expresión libre hacen que las generaciones adultas vivamos en total inconformidad, pero de seguro estas razones son y serán el detonante para que, como ya se ve, sean la generaciones jóvenes las que sigan tratando de huir de este escenario, con el anhelo de hallar un mejor modo de vida lejos de su Patria.
Rowny Pulgar Noboa comparte este espacio personal donde sus anhelos, percepciones e imágenes crecen entre la memoria y el tiempo. Es su cosmovisión como habitante de un Ecuador mágico integrado en un mundo que globaliza fronteras pero no individualidades.
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sábado, 4 de septiembre de 2010
martes, 3 de marzo de 2009
La verdadera soberanía II
¿Por qué los gobiernos no se sienten pisoteados en su soberanía cuando impávidos contemplan burdos negociados, actos de corrupción, tráfico de influencias y otros corruptos procederes que despedazan y siguen despedazando la integridad patria?
¿Por qué los gobiernos no claman a los cuatro vientos que nuestros compatriotas, por no contar con empleo ni dignidad, han perdido no solo la soberanía de la tierra sino también la soberanía de sus vidas, al verse obligados a emigrar y padecer en lugares ajenos?
¿Acaso no nos han robado la soberanía cuando nuestros recursos naturales han sido y siguen siendo saqueados por unos cuantos sindicalistas que dicen defender el derecho de los trabajadores, y no son más que contados aprovechadores que desfalcan los bienes del pueblo?
De qué soberanía podemos hablar, si ni siquiera se nos permita pensar y vivir con libertad. Qué soberano puede sentirse mancillado por otros, si él es el propio verdugo de su misma gente, a quienes acosa con ineptitud y mentiras, que no han hecho mas que sumirnos en una recesión económica de la que ni la más retórica constitución podrá salvarnos.
Qué hay de aquella soberanía donde el pueblo realmente se sienta soberano de su educación, de una atención médica digna, o de una plausible seguridad social producto de sus impuestos bien reinvertidos.
Qué hay de todas aquellas familias acometidas por el crudo invierno, que sin soberanía de nada, ( mejor dicho soberanas del hambre y la miseria), permanecen expectantes ante un conflicto diplomático que dice sustentarse en un patriotismo herido, pero, que solapadamente defiende a un macabro grupo terrorista, vaya uno a saber con qué propósitos futuros. Para quienes han sido víctimas de las inundaciones no hay otra soberanía que la defensa de sus vidas, sus hogares, como únicos elementos que los hace sentirse dueños de algo.
De qué soberanía, razón, justicia o humanidad puede hablar el mandatario venezolano, que, como si se tratasen de marionetas, ordena enviar “Cien batallones a la frontera” a provocar a un país hermano y propiciar una guerra fratricida que a la final le serviría a él para afianzarse en el poder, a costa del sacrificio de tantos inocentes.
La real soberanía no está únicamente en el territorio. La soberanía es un estado de vida más allá de la posesión de la tierra. La real soberanía mantiene un nivel de existencia decorosa para todos sus habitantes y se ofende cuando ve niños muriendo de hambre o enfermedades comunes; la soberanía se pisotea cuando no hay trabajo; cuando los mendigos de las calles nos delatan como insensibles; la soberanía se evapora cuando las familias se dividen por una migración forzosa que a nadie parece importar pero que está desencadenando una nueva generación de jóvenes y niños/as vacíos y desamparados.
No es cierto que hayan quebrantado nuestra soberanía. Con tanto impuesto inaudito, con tan mala administración gubernamental y con tan pésima actitud en contra de la libertad, nosotros ya no éramos soberanos de nada.
¿Por qué los gobiernos no claman a los cuatro vientos que nuestros compatriotas, por no contar con empleo ni dignidad, han perdido no solo la soberanía de la tierra sino también la soberanía de sus vidas, al verse obligados a emigrar y padecer en lugares ajenos?
¿Acaso no nos han robado la soberanía cuando nuestros recursos naturales han sido y siguen siendo saqueados por unos cuantos sindicalistas que dicen defender el derecho de los trabajadores, y no son más que contados aprovechadores que desfalcan los bienes del pueblo?
De qué soberanía podemos hablar, si ni siquiera se nos permita pensar y vivir con libertad. Qué soberano puede sentirse mancillado por otros, si él es el propio verdugo de su misma gente, a quienes acosa con ineptitud y mentiras, que no han hecho mas que sumirnos en una recesión económica de la que ni la más retórica constitución podrá salvarnos.
Qué hay de aquella soberanía donde el pueblo realmente se sienta soberano de su educación, de una atención médica digna, o de una plausible seguridad social producto de sus impuestos bien reinvertidos.
Qué hay de todas aquellas familias acometidas por el crudo invierno, que sin soberanía de nada, ( mejor dicho soberanas del hambre y la miseria), permanecen expectantes ante un conflicto diplomático que dice sustentarse en un patriotismo herido, pero, que solapadamente defiende a un macabro grupo terrorista, vaya uno a saber con qué propósitos futuros. Para quienes han sido víctimas de las inundaciones no hay otra soberanía que la defensa de sus vidas, sus hogares, como únicos elementos que los hace sentirse dueños de algo.
De qué soberanía, razón, justicia o humanidad puede hablar el mandatario venezolano, que, como si se tratasen de marionetas, ordena enviar “Cien batallones a la frontera” a provocar a un país hermano y propiciar una guerra fratricida que a la final le serviría a él para afianzarse en el poder, a costa del sacrificio de tantos inocentes.
La real soberanía no está únicamente en el territorio. La soberanía es un estado de vida más allá de la posesión de la tierra. La real soberanía mantiene un nivel de existencia decorosa para todos sus habitantes y se ofende cuando ve niños muriendo de hambre o enfermedades comunes; la soberanía se pisotea cuando no hay trabajo; cuando los mendigos de las calles nos delatan como insensibles; la soberanía se evapora cuando las familias se dividen por una migración forzosa que a nadie parece importar pero que está desencadenando una nueva generación de jóvenes y niños/as vacíos y desamparados.
No es cierto que hayan quebrantado nuestra soberanía. Con tanto impuesto inaudito, con tan mala administración gubernamental y con tan pésima actitud en contra de la libertad, nosotros ya no éramos soberanos de nada.
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