Luego de varios meses del incremento en el precio de los pasajes en la transportación urbana de nuestra ciudad, luego de tantas promesas falsas por parte de los señores buseros quienes, con un destacado rótulo de servicio especial en sus unidades y una corbata que les duró menos de una semana, ofrecieron a voz en cuello mejorar su servicio, el panorama es igual o peor que antes.
La clásica descortesía o mejor dicho patanería de conductores y controladores parece ser requisito indispensable para mantener esta ocupación; no se diga de su irrespeto por la vida humana que no contempla las elementales normas de tránsito y convierte las calles en circuitos de carreras, se estacionan en cualquier sitio, cambian a capricho los recorridos que supuestamente deben cumplir a rigurosidad, pero como vivimos en tierra de nadie, estos señores circulan por donde mejor les parece. Qué decir de su actitud frente a ancianos, mujeres o niños a quienes ofenden y agreden con su intolerancia. Cuántas veces a los más pequeños no los suben en sus unidades o les dejan dos o tres paradas después porque saben que ellos son débiles y no reclaman.
Este es un esbozo de la trasportación urbana de nuestra ciudad. Para algunos puede quedar el consuelo de afirmar que este mal no es privativo de nuestra urbe, sino que corresponde a la realidad del país, pero ante estos hechos deberíamos sentirnos agraviados en lo más profundo de nuestra condición como personas, porque no es aceptable que nos traten de manera vil. Es inaudito que frente a esta institucionalizada forma de violencia nos quedemos callados y finjamos que no existe ningún problema o nos limitemos a pensar en nuestros adentros sobre los atropellos de los que somos víctimas y no protestemos ante lo incorrecto. Peor aún es intolerable nuestra indiferencia, nuestro cómplice silencio que no apoya a quien reclama con justicia y hasta lo censuramos por no estar de acuerdo con la barbarie de atención que tenemos.
Por experiencia vemos que las autoridades poco o nada pueden hacer. Su desidia, su docilidad, su ineficacia, son apoyo para que los conductores hagan de las suyas. Tantas irregularidades se cometen ante los propios ojos de policías de tránsito y estos se limitan a un ligero pitazo en el mejor de los casos y no sancionan las incontables contravenciones de los supuestos profesionales del volante. No queda otra opción que sobrevivir en esta selva “civilizada” y a costa de ser incomprendidos seguir elevando la voz en las unidades de transporte, a riesgo de ser agredidos, y no conformarnos con la condición de abuso de la que somos víctimas.
Rowny Pulgar Noboa comparte este espacio personal donde sus anhelos, percepciones e imágenes crecen entre la memoria y el tiempo. Es su cosmovisión como habitante de un Ecuador mágico integrado en un mundo que globaliza fronteras pero no individualidades.
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miércoles, 9 de febrero de 2011
sábado, 4 de septiembre de 2010
El fantasma de la migración
La masacre en Tamaulipas, la sola, pero aterradora idea de un joven ecuatoriano herido, que caminó varios kilómetros en busca de ayuda para salvar su vida, revive un problema que a nivel mundial es motivo para múltiples crueldades, así como inescrupulosos negocios donde se atropella toda dignidad humana. El tráfico de personas, el cruce ilegal de fronteras, son realidades ocultas y hasta cierto punto aceptadas como una necesidad a la que voluntariamente se recurre por distintas causas.
Son muchos los factores que desencadenan esta problemática y quizá contados los países que pudieran sentirse exentos de ella, pero son las naciones pobres las que más sufren sus embates. La baja calidad de vida que ofrecen los pueblos subdesarrollados motiva a que su gente abandone la tierra para de manera insegura ingresar a economías fuertes donde cierran un ciclo de discriminación y explotación.
Latinoamérica sufre este fenómeno desde diversas perspectivas: el desempleo, la pobreza, la violencia de las ciudades, la intolerancia hacia los derechos humanos, la falta de garantías para la libre expresión o la libertad, han empujado a los latinoamericanos hacia un imparable éxodo. Aquí no solo es la crisis económica la que induce a la migración: Cuba con su salvaje dictadura, con su teatral e impúdico socialismo, ha propiciado la muerte de incontables cubanos quienes prefieren un mar infestado de tiburones, antes que un aborrecible monarca que todavía se resiste a morir. Colombia se desangra por la violencia de grupos mafiosos, quienes ahora son vistos con benevolencia por ciertos mandatarios de la región que llegan a hablar de estos criminales como “héroes revolucionarios” e incluso los amparan con leyes u omisiones que permiten su cómoda estadía fuera de sus fronteras.
Ecuador va en buen camino para conjugar esos dos factores de Cuba y Colombia, sumamos a ello el alto índice de desempleo que a pesar de las cifras oficiales sigue en notable aumento. Consecuencia de esto coexistimos con un azote delincuencial nunca antes vivido en la historia patria. Por tanto, la incertidumbre en el trabajo, el miedo para salir a las calles, el estancamiento económico del país, incluso la represión en contra de la expresión libre hacen que las generaciones adultas vivamos en total inconformidad, pero de seguro estas razones son y serán el detonante para que, como ya se ve, sean la generaciones jóvenes las que sigan tratando de huir de este escenario, con el anhelo de hallar un mejor modo de vida lejos de su Patria.
Son muchos los factores que desencadenan esta problemática y quizá contados los países que pudieran sentirse exentos de ella, pero son las naciones pobres las que más sufren sus embates. La baja calidad de vida que ofrecen los pueblos subdesarrollados motiva a que su gente abandone la tierra para de manera insegura ingresar a economías fuertes donde cierran un ciclo de discriminación y explotación.
Latinoamérica sufre este fenómeno desde diversas perspectivas: el desempleo, la pobreza, la violencia de las ciudades, la intolerancia hacia los derechos humanos, la falta de garantías para la libre expresión o la libertad, han empujado a los latinoamericanos hacia un imparable éxodo. Aquí no solo es la crisis económica la que induce a la migración: Cuba con su salvaje dictadura, con su teatral e impúdico socialismo, ha propiciado la muerte de incontables cubanos quienes prefieren un mar infestado de tiburones, antes que un aborrecible monarca que todavía se resiste a morir. Colombia se desangra por la violencia de grupos mafiosos, quienes ahora son vistos con benevolencia por ciertos mandatarios de la región que llegan a hablar de estos criminales como “héroes revolucionarios” e incluso los amparan con leyes u omisiones que permiten su cómoda estadía fuera de sus fronteras.
Ecuador va en buen camino para conjugar esos dos factores de Cuba y Colombia, sumamos a ello el alto índice de desempleo que a pesar de las cifras oficiales sigue en notable aumento. Consecuencia de esto coexistimos con un azote delincuencial nunca antes vivido en la historia patria. Por tanto, la incertidumbre en el trabajo, el miedo para salir a las calles, el estancamiento económico del país, incluso la represión en contra de la expresión libre hacen que las generaciones adultas vivamos en total inconformidad, pero de seguro estas razones son y serán el detonante para que, como ya se ve, sean la generaciones jóvenes las que sigan tratando de huir de este escenario, con el anhelo de hallar un mejor modo de vida lejos de su Patria.
martes, 3 de marzo de 2009
El imperio de la violencia
Si bien es cierto que la violencia se asocia con distintas edades de existencia, evolución y desarrollo del ser humano sobre la tierra, cabe el razonamiento que a mayor evolución, mejor desenvolvimiento de la especie en el planeta. En este caso, la humanidad del siglo XXI se podría definir como el resultado de una serie de procesos sociales donde deberían confluir una mayor valoración y respeto por la dignidad y la vida misma.
Con desazón vemos que el tan mentado desarrollo, del que nos jactamos en la actualidad, se limita al uso y abuso de la tecnología. Una megatendencia donde la búsqueda del placer, la diversión, nos lleva a insanos límites, ubicándonos en nivel inferior al de las bestias. Ni las experiencias de genocidios mundiales, ni los movimientos de derechos humanos, ni la promulgación de tantas leyes a favor del hombre y la mujer han podido frenar la ola de violencia que nos acosa cada día.
Con estupor, en esta semana, miramos a través de los noticieros un cruento video donde un grupo de jóvenes españolas propinan una salvaje golpiza a una chiquilla ecuatoriana. Entre risas y aclamaciones de las agresoras, la víctima era agredida con atroz ferocidad. El video, grabado por ellas mismas en un teléfono celular, fue enviado a muchos otros como entretenimiento. Es aquí donde destacan los verdaderos comportamientos sociales imperantes en el mundo de esta época. Este grupo de adolescentes agresoras, son fruto de toda la influencia negativa a la que nos exponen los medios de comunicación, la publicidad y las grandes cadenas de “entretenimiento”. Sumemos a esto la descomposición familiar, los elevados horarios de trabajo, donde padres y madres de familia abandonan ciegamente a sus hijos/as en un medio agresivo y sin seguridades.
La irresponsable manera como se exhibe la violencia crea un sentimiento de permisividad. La constante difusión de imágenes, videos, videojuegos, reportajes y hasta canciones de belicoso contenido, destruyen nuestra capacidad de reacción y asombro. Para nuestros niños/as y jóvenes resulta común contemplar crímenes, peleas, actos de tortura u otros procedimientos violentos e inconscientemente los asimilan como parte de un comportamiento real.
Parece que tantos actos de abominable violencia, que incluso han sido causa de noticia a nivel mundial, no son suficientes para alertarnos sobre el abismo al que nos dirigimos. Si no detenemos este bombardeo de violencia para nosotros y sobretodo para nuestras generaciones menores, vamos a construir una sociedad más bárbara que la de la época de las cavernas.
Como es imposible frenar a tantos necios promotores de violencia, que se sirven de ella para ganar dinero, apremia la intervención directa de la familia para cuidar lo que miran y hacen en el hogar nuestros pequeños/as. Si nosotros como generación adulta ya estamos podridos por la inmundicia social, al menos velemos por no dejar este mismo legado para nuestros hijos/as.
No somos civilizados en medida de la tecnología que empleemos, sino en medida de la valoración y respeto que brindemos a nuestra categoría de seres humanos.
Con desazón vemos que el tan mentado desarrollo, del que nos jactamos en la actualidad, se limita al uso y abuso de la tecnología. Una megatendencia donde la búsqueda del placer, la diversión, nos lleva a insanos límites, ubicándonos en nivel inferior al de las bestias. Ni las experiencias de genocidios mundiales, ni los movimientos de derechos humanos, ni la promulgación de tantas leyes a favor del hombre y la mujer han podido frenar la ola de violencia que nos acosa cada día.
Con estupor, en esta semana, miramos a través de los noticieros un cruento video donde un grupo de jóvenes españolas propinan una salvaje golpiza a una chiquilla ecuatoriana. Entre risas y aclamaciones de las agresoras, la víctima era agredida con atroz ferocidad. El video, grabado por ellas mismas en un teléfono celular, fue enviado a muchos otros como entretenimiento. Es aquí donde destacan los verdaderos comportamientos sociales imperantes en el mundo de esta época. Este grupo de adolescentes agresoras, son fruto de toda la influencia negativa a la que nos exponen los medios de comunicación, la publicidad y las grandes cadenas de “entretenimiento”. Sumemos a esto la descomposición familiar, los elevados horarios de trabajo, donde padres y madres de familia abandonan ciegamente a sus hijos/as en un medio agresivo y sin seguridades.
La irresponsable manera como se exhibe la violencia crea un sentimiento de permisividad. La constante difusión de imágenes, videos, videojuegos, reportajes y hasta canciones de belicoso contenido, destruyen nuestra capacidad de reacción y asombro. Para nuestros niños/as y jóvenes resulta común contemplar crímenes, peleas, actos de tortura u otros procedimientos violentos e inconscientemente los asimilan como parte de un comportamiento real.
Parece que tantos actos de abominable violencia, que incluso han sido causa de noticia a nivel mundial, no son suficientes para alertarnos sobre el abismo al que nos dirigimos. Si no detenemos este bombardeo de violencia para nosotros y sobretodo para nuestras generaciones menores, vamos a construir una sociedad más bárbara que la de la época de las cavernas.
Como es imposible frenar a tantos necios promotores de violencia, que se sirven de ella para ganar dinero, apremia la intervención directa de la familia para cuidar lo que miran y hacen en el hogar nuestros pequeños/as. Si nosotros como generación adulta ya estamos podridos por la inmundicia social, al menos velemos por no dejar este mismo legado para nuestros hijos/as.
No somos civilizados en medida de la tecnología que empleemos, sino en medida de la valoración y respeto que brindemos a nuestra categoría de seres humanos.
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